Salir del edificio donde trabajaba era como volver al espacio, después de permanecer durante horas sobre la superficie de un planeta, sometida a una insoportable presión gravitacional. Con sólo pisar la calle volvía a poseer plena conciencia de ella misma. Y mientras su espíritu descendía, sus pies comenzaban a elevarse unos centímetros sobre el suelo.
El sol se iba ocultando con calma detrás de agujas y antenas. En la parada de autobús comenzaban a agolparse los ciudadanos. Era jueves. No flotaba en el ambiente la euforia del viernes, pero sí la serena esperanza de que el fin de semana estaba ya cerca. No había prisas ni carreras y los que volvían a casa fluían mansamente hacia las marquesinas del transporte público y las bocas de metro.
Marta se dejó arrastrar por la corriente y acabó subiendo al C6. Milagrosamente un sitio se quedó libre a su lado en cuanto el autobús realizó la siguiente parada. Se sentó. Estaba muy cansada, así que tardó en darse cuenta de que el chico que ocupaba el asiento contiguo llevaba las gafas puestas del revés.

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