Pensé ¿Qué pasaría si me pusiera las gafas del revés?

Sabía que la realidad no se daría la vuelta.

Seguramente no vería bien, y al cabo de un rato acabaría con un buen dolor de cabeza. Se me ensuciarían los cristales, porque, colocadas en delicado equilibrio entre mis cejas, al más mínimo movimiento tendría que sujetarlas precipitadamente para que no fueran a parar al suelo. Y las huellas dactilares irían formando un mosaico en la superficie pulida y transparente.

Podría salir con ellas a la calle. Aquel que se fijara en mí me consideraría un despistado, un excéntrico o un innovador. Puede que alguien me dijera algo en voz alta. Y es muy posible que otros muchos transeúntes tuvieran cosas importantes en que pensar, mucho más relevantes que fijarse en las personas que se cruzan contigo en cada acera, caminan a tu lado, o se colocan a tu espalda, pegados, intentando hacerte sentir incómodo para que aceleres el paso o les dejes espacio.

Ponerse las gafas al revés no cambiaría nada.

Así que les di la vuelta y tuve cuidado al colocarlas así sobre mi nariz para que no se cayeran.